miércoles, 22 de septiembre de 2010

Comunicado de Condolencias...

ESTIMADA  ES A LOS OJOS DE JEHOVA LA MUERTE DE SUS SANTOS..

 
Lamentamos profundamente la muerte del dia de ayer del Ingeniero Wayne Antony Berger y agradecemos a Dios por los 46 años de servicio y entrega misionera en bendecir al pais de Guatemala, siendo un ciudadano extranjero dirigido por DIOS para cumplir una mision en nuestro querido pais de la Eterna Primavera, fallecio ayer a eso de las 8 de la mañana hora de Guatemala en Jerusalen tierra Prometida y bendecida de ISRAEL, mientras realizaba uno de los viajes y recorridos por Tierra Santa, juntamente con varios hermanos en esos bellos lugares.
 
DIOS consuele a toda su familia, a la familia Cristiana en General de Guatemala quienes estiman y aprecian su labor misionera y su arduo trabajo en la comunicacion como Ingeniero principalmente en Radio Cultural uno de los pilares fuertes de la Evangelizacion en Guatemala. 
Su restos seran velados  y se estara informando al pueblo Cristiano el lugar y fecha del mismo para mas informacion escuchen TGN 100.5 FM y tambien atraves de la pagina web
 
 Confiamos que el señor lo llamo a Su presencia como bien dice la Escritura, haciendo lo que se le habia encomendado, es una alegria a la vez  saber que esta en la Presencia del Señor y gozando de los galardones eternos.
Rogamos sus oraciones por la familia, para que todo salga bien y se puedan cubrir los gastos necesarios del Zepelio
 
Bendito Seas tu Oh Señor Creador de la Vida
por Cuanto has puesto tus Ojos en Tu Siervo y le diste
Vida en Abundancia.
 
Guatemala Septiembre 2010.
 
 

sábado, 18 de septiembre de 2010

LOS VICIOS.

Hay un factor trágico que acarrea la desintegración familiar: EL VICIO. Ya sea el alcohol, la droga, la adicción sexual o los juegos de azar, el vicio destruye no sólo a la persona a la que tiene esclavizada sino también a las personas que la rodean.

En demasiados casos esas personas son su propia familia. Esto se debe a que, como dice el gran proverbista, el vicio domina la mente y el corazón del cautivo, y no le concede el uso de la razón. «No te fijes en lo rojo que es el vino, ni en cómo brilla en la copa, ni en la suavidad con que se desliza; porque acaba mordiendo como serpiente y envenenando como víbora. Tus ojos verán alucinaciones, y tu mente imaginará estupideces. Te parecerá estar durmiendo en alta mar, acostado sobre el mástil mayor. Y dirás: "Me han herido pero no me duele. Me han golpeado, pero no lo siento. ¿Cuándo despertaré de este sueño para ir a buscar otro trago?"» (Proverbios 23:31-35). «También sacerdotes y profetas se tambalean por causa del vino, trastabillan por causa del licor; quedan aturdidos con el vino, tropiezan a causa del licor. Cuando tienen visiones, titubean; cuando toman decisiones, vacilan» (Isaías 28:7).

Sin embargo, cuando se trata de dejar algún vicio, hay algo que debemos comprender. Se libra una lucha constante entre nuestra naturaleza pecaminosa y el Espíritu Santo, porque ambos desean controlarnos. Son como imanes que nos atraen y nos vencen con su fuerza. Todo depende de nuestra proximidad a la una o al otro. Si nos acercamos demasiado a nuestra naturaleza pecaminosa, caemos presa de ella. Así mismo, si nos vamos por el lado del Espíritu, es Él quien nos controla.

Por eso debemos acercarnos a la fuerza interna que deseamos seguir, y alejarnos de la otra.
San Pablo lo explica en estos términos: «Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu.... ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes.... Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa.


Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán» (Romanos 8:5-13).
Los malos hábitos del cuerpo a los que se refiere el apóstol son el vicio. He aquí algunos pasos para obtener la victoria sobre cualquier vicio en su vida, y así vivir:
  1. Reconozca que usted está bajo el dominio del vicio.
  2. Determine que desea dejarlo y ser libre de su dominio.
  3. Aléjese por completo del vicio y todo lo relacionado con él, incluyendo a las personas con las que ha participado de él.
  4. Busque ayuda y apoyo moral fuera de su círculo de amistades. Hay lugares con programas especialmente diseñados para ayudarle. Aparte de visitar alguna entidad de asistencia social, asista a una iglesia cristiana evangélica donde pueda contar con el estímulo de la hermandad y los mensajes del pastor para ayudarle a vencer los aparentemente insuperables obstáculos del pecado. Sobre todo, busque la ayuda de Aquel que es más fuerte que cualquier vicio y que con su resurrección venció todo el poder del pecado.

martes, 14 de septiembre de 2010

Continuaacion DEL MATRIMONIO

Para comprender mejor el contenido de esta publicacion, te invito a que leas antes el contenido del AMOR Y EL MATRIMONIO editado el dia de ayer y espero que este tambien te sea de bendicion

Para los que se encuentran al borde del fracaso conyugal, es importante que comprendan que nunca es demasiado tarde para empuñar las riendas de su matrimonio a fin de salvarlo. Si le piden a Dios que los ayude, Él lo hará. Después de todo, Dios es el que diseñó el matrimonio, y siempre está dispuesto a repararlo. Pero es imprescindible que lo pongan en sus manos y le permitan hacerlo. Porque si no están dispuestos a cooperar con Él, poniendo de su parte para restablecer la armonía en su matrimonio, es probable que tengan que afrontar las siguientes consecuencias naturales.


EL ADULTERIO Y EL DIVORCIO
Hay varios factores que llevan a la separación y al divorcio de los matrimonios, y por consiguiente a la desintegración del núcleo familiar. Uno de los más determinantes es el adulterio, es decir, la infidelidad conyugal. En el libro del profeta Malaquías, Dios nos revela que Él no aprueba sino mas bien aborrece el divorcio: «Yo aborrezco el divorcio Dice el SEÑOR, Dios de Israel» (2:16). De ahí que detesta tanto el adulterio, que con frecuencia lleva al divorcio. De igual manera tenemos que recorda lo siguiente «¿No saben que los malvados no heredarán el reino de Dios? ¡No se dejen engañar! Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sodomitas, ni los pervertidos sexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios» (1 Corintios 6:9,10).


El adulterio debilita el vínculo matrimonial que Dios estableció; el divorcio lo rompe. A fin de comprender mejor lo que Dios espera de nosotros, vamos a considerar el adulterio y el divorcio en términos de mandamiento, símbolo y voto.



1.         El mandamiento: «No cometas adulterio» (Éxodo 20:14). De este mandamiento, que bajo la ley de Moisés tenía graves consecuencias si llegaba a quebrantarse, se hacía caso omiso como si hubiera sido borrado de entre los diez que debían regir la moral del pueblo de Dios. Por eso Cristo, durante su ministerio terrenal, abordó el tema y dejó bien claro que Dios no había cambiado de parecer. Al contrario, Cristo consideró el adulterio como un pecado tan grave. (Mateo 19:8-9).

2.       El símbolo: la relación entre Cristo y su iglesia (Efesios 5:32). En su Carta a los Efesios el apóstol Pablo nos da a entender que el matrimonio encierra un significado espiritual muy importante, pues es símbolo de la relación entre Cristo y su iglesia. Por lo tanto, cometer adulterio es deshonrar ese símbolo sagrado.

3.       El voto: «hasta que la muerte nos separe» (Marcos 10:2-9). «Cumple tus votos —nos exhorta el Maestro de Eclesiastés. Vale más no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos» (5:4,5). Toda persona que comete adulterio no sólo deshonra el símbolo divino sino que también falta a ese voto sagrado que hizo ante Dios y los hombres el día de su boda.

COMO EVITAR EL ADULTERIO

Nadie está exento de la tentación de cometer adulterio. Dos de las justificaciones o excusas más grandes del cónyuge infiel son que ama a otra persona y no puede controlar sus impulsos. Sin embargo, sabemos que la realidad es otra, puesto que hay muchos que han permanecido fieles a su cónyuge, durante muchos años, hasta la muerte. Hay dos cosas que necesitamos comprender para no caer en la trampa del adulterio:

1.          El amor es una decisión, un compromiso que cumplimos, y no un simple sentimiento. Por lo tanto, podemos controlarlo con la ayuda de Dios. No confundamos el amor con la atracción física. De hacerlo así, el enemigo de nuestra alma usará el tal amor para tentarnos. En lugar de entregarnos a una atracción fatal con otra persona, huyamos de ella y mantengámonos alejados.


2.        No es biológicamente imposible tener una sola mujer o un solo hombre, ni se requieren poderes sobrenaturales para serle fiel al cónyuge. De ser así, las Sagradas Escrituras no nos exhortarían a tal fidelidad. Lo cierto es que Dios nuestro Creador, que nos conoce a fondo, sabe que la fidelidad conyugal no sólo es posible sino mil veces preferible. Fue Él quien dispuso que cada uno le fuéramos fiel a nuestro cónyuge, porque sabía que nos conviene. Por algo dice la Biblia: «Tengan todos en alta estima el matrimonio y la fidelidad conyugal, porque Dios juzgará a los adúlteros y a todos los que cometen inmoralidades sexuales» (Hebreos 13:4). Para evitar ese juicio, sólo hace falta determinar que, con la ayuda de Dios, no vamos a violar nuestro voto sagrado.

EL MALTRATO FISICO Y VERBAL

Otro de los factores lamentables que conducen a la desintegración familiar es el maltrato físico o verbal del cónyuge o de los hijos. Según el libro de Génesis, el matrimonio es tan singular que cuando dos personas se casan, SE FUNDEN EN UN SOLO SER . En otras palabras, llegan a ser un solo cuerpo. Por eso San Pablo, al citar ese pasaje, dice que «el esposo debe amar a su esposa como ama a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo», explica el apóstol, pues nadie que está en sus cabales odia a su propio cuerpo, sino que lo cuida (Efesios 5:25-33). De ahí que golpear a su esposa es como golpearse a sí mismo.


Así mismo, el que maltrata a sus hijos maltrata a la herencia que Dios le ha dado. Los hijos son una herencia del SEÑOR, los frutos del vientre son una recompensa (Salmo 127:3). Si vamos a seguir a Cristo, es imprescindible que dejemos de maltratarnos y que nos amemos más bien, tal y como Él nos amó a nosotros. Él se dejó maltratar para que dejáramos de maltratarnos unos a otros, y entregó su vida para que entregáramos la nuestra, hasta la muerte, por amor (1 Juan 4:7-11).
Es sumamente importante que la familia que padece de tal abuso busque ayuda antes de que suceda una desgracia, incluso la desintegración del hogar. Tanto las personas maltratadas como los agresores sufren a raíz de la violencia perpetrada, y por lo tanto necesitan buscar ayuda como familia. Sin embargo, cuando el agresor no está dispuesto a buscar la ayuda que necesita, el cónyuge y los hijos deben alejarse de él para estar libres del peligro. Es, desde luego, mucho más factible recibir la ayuda apropiada si uno vive en un lugar que tiene recursos dedicados a prestarla. Sin embargo, el que no tenga a su alcance ayuda profesional puede acudir a una iglesia en busca de ayuda. Dios está en todo lugar; si clamamos a Él, podemos tener la seguridad de que Él vendrá en nuestro auxilio de alguna forma u otra (Salmo 46:1). El Juez de toda la tierra nunca es partidario de la injusticia, tal como el abuso o maltrato de cualquier ser humano creado a su imagen y semejanza (Génesis 1:26,27; 9:6; 18:25; 2 Crónicas 19:7).


QUE HACER FRENTE AL ADULTERIO Y EL MALTRATO

Si usted se encuentra en la triste y desagradable situación que producen tanto el adulterio como el maltrato, ante todo busque a Dios. Él le ama tanto a usted como a su cónyuge, y no desea la destrucción de su vida ni la de su pareja, y menos la de su hogar. Para Dios no hay nada imposible (Lucas 1:37). Él puede mover mundos enteros, si es necesario, para restaurar su relación conyugal y así restablecer su matrimonio. Y quiere sanar las heridas más profundas de su alma. No permita que su vida se hunda en la miseria causada por el pecado, la amargura y el dolor. Extienda la mano hacia Dios para que Él lo saque de las arenas movedizas de la infidelidad y el maltrato, y si no lo ha hecho antes, tome los siguientes pasos:

  1. Confiese que es pecador y pídale perdón a Dios por haberle fallado y ofendido.

  2. Crea que Jesucristo, el Hijo de Dios, murió por sus pecados y resucitó al tercer día a fin de ofrecerle la salvación y restauracion no solo de su alma sino tambien de su matrimonio y su familia.

  3. Declare que Cristo es su Salvador y el Señor de su vida. Pues «si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo» (Romanos 10:9-10).

  4. Busque ayuda de una iglesia fundamentada en la sana doctrina, donde los lideres puedan ayudarlos atraves de la consejeria matrimonial y la restauracion.

DIOS TE BENDIGA...






lunes, 13 de septiembre de 2010

EL AMOR Y EL MATRIMONIO....


El primer vínculo familiar que debemos fortalecer es horizontal: el del matrimonio. De él depende toda la familia. Debemos, pues, acercarnos a nuestro cónyuge, manifestándole amor y comprensión. El esposo debe amar y cuidar a su esposa, y la esposa debe aceptar al esposo como cabeza del hogar. «En todo caso, cada uno de ustedes ame también a su esposa como a sí mismo, y que la esposa respete a su esposo» (Efesios 5:33). La armonía conyugal viene cuando determinamos hacer a un lado el egoísmo. Es algo que obtenemos con esfuerzo.



Pero a veces, aunque nos hemos esforzado por tener un buen matrimonio, algo pasa. Perdemos el primer amor que sentimos cuando nos casamos. ¿Qué podrá inyectar nueva vida en las venas de un matrimonio raquítico? ¿Qué puede una pareja introducirle a su matrimonio que le devuelva el calor que una vez tuvo?




Para empezar, deben traer a la memoria aquel día mágico en que como novios se pronunciaron esas palabras sagradas de unión eterna. Allí no hubo hipocresía. No hubo falsedad. Se dijeron que se amarían para siempre porque se querían de todo corazón. En ese momento encantador el tiempo se detuvo y dos corazones se convirtieron en uno. ¿Cómo se les iba a ocurrir que podría venir el día en que ese amor se enfriaría?

 

Pero algo pasó. La ilusión se deshizo, y se apagó la chispa. ¿Qué hacer?



Juntos deben decidir que, pase lo que pase, su matrimonio no va a destruirse. El amor es el producto de una DETERMINACION, NO DE UN SENTIMIENTO, y cuando los dos determinan que la separación no es, ni nunca será, una opción, esa determinación le dará a su matrimonio nueva esperanza.





Uno de los peores males que padecemos en la actualidad es la IDEA DE QUE EL AMOR ES ALGO QUE SE SIENTE NADA MAS. A eso se debe que haya tantas separaciones y tantos divorcios. Cuando los casados dejan de «SENTIR» el amor de novios, suele suceder una de dos cosas: o se convencen de que ya se acabó su relación conyugal, o se valen de ese vacío emocional para justificar una relación extramatrimonial en la que sí vuelven a sentir ese amor excitante de antes. ¿Y qué es exactamente lo que sienten? La pasión sensual, que en demasiados casos no tiene relación alguna con el amor genuino.



¿QUE ES ENTONCES EL VERDADERO AMOR? Es algo que se practica, como el deporte. Es algo que se ensaya, como la guitarra. Es algo que se mantiene, como el estado físico. Y es algo que se cultiva, como un jardín. ¿Por qué? Porque vale la pena. «Si … me falta el amor —afirma San Pablo—no soy nada.» En cambio, si tengo amor, tengo algo que se reproduce, pues «el amor jamás se extingue» (1 Corintios 13:2,8).



La pareja debe invertir tiempo en su matrimonio y no dejarlo al azar. ¡Pero que sea tiempo bien invertido! Eso incluye gozarse juntos, disfrutar de sanas diversiones juntos, pasar noches juntos con el televisor apagado, y compartir momentos intimos juntos.




Finalmente, deben perseguir las mismas metas espirituales: leer la Biblia juntos, orar juntos, ir a la iglesia juntos y buscar a Dios juntos. De lo contrario, estarán divididos. «Y si una familia está dividida contra sí misma, asegura Jesucristo esa familia no puede mantenerse en pie» (Marcos 3:25). Pero si, como familia espiritual, buscan «primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mateo 6:33), Dios se encargará de bendecir su unión tanto en lo material como en lo espiritual.





Para los que se encuentran al borde del fracaso conyugal, es importante que comprendan que nunca es demasiado tarde para empuñar las riendas de su matrimonio a fin de salvarlo. Si le piden a Dios que los ayude, Él lo hará. Después de todo, Dios es el que diseñó el matrimonio, y siempre está dispuesto a repararlo. Pero es imprescindible que lo pongan en sus manos y le permitan hacerlo. Porque si no están dispuestos a cooperar con Él, poniendo de su parte para restablecer la armonía en su matrimonio, es probable que tengan que afrontar las siguientes consecuencias naturales.

CONTINUARA.....

NIEVE, VIENTO Y SOL...


Un blanco manto se extendía por todos lados. Era la primera nevada otoñal en Noruega, y la nación entera estaba cubierta del blanco armiño.
Tres niños jugaban en la nieve: la pequeña Silje Redegaard, de cinco años de edad, y dos amiguitos de ella, uno de cinco años y otro de seis.


 
De pronto, en un sorpresivo estallido de violencia, los dos niños comenzaron a pegarle con palos a Silje Redegaard, hasta que quedó inconsciente. Poco tiempo después murió, congelada. Los dos homicidas pudieron explicar lo que pasó. Lo maravilloso, lo increíble, lo inesperado fue la reacción de la madre de Silje, Beathe Redegaard, pues dijo: «Yo perdono a estos niños. Ellos no sabían lo que hacían.»

Aquel trágico suceso sacudió a toda Noruega, un país excepcionalmente culto, pacífico y ordenado. Nadie hubiera esperado que dos niños tan pequeños tuvieran tal ataque de furia. En la blanca nieve del otoño, sopló, de golpe, el viento de la violencia. Pero luego hubo, también, un rayo de sol: el perdón de la madre de la niña muerta.


 
La nieve, el viento y el sol pueden emplearse como símbolos del drama universal humano. La nieve es fría, inmóvil, silenciosa. Representa, en toda su indiferencia y frialdad, la muerte. El viento, que a veces se vuelve torbellino al soplar con furia descontrolada, representa la violencia. Y el sol, cálido y bueno, representa la acción perdonadora y salvadora de Dios. Por eso a Cristo se le llama en la Biblia «el sol de justicia» (Malaquías 4:2).
 
Toda acción ofensiva de los hombres toda injusticia, todo despotismo, todo pecado  trae aparejada la muerte. «La paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23a) es la sentencia inapelable de Dios. Y hay que reconocer que vientos de violencia soplan furiosos por todas las comarcas del mundo.



Sin embargo, hay un Sol de justicia que nos ofrece perdón, tal como se lo ofreció Beathe Redegaard a los dos niños asesinos de su hijita. Puede haber en la humanidad mucha violencia, mucha maldad y mucho pecado, pero por encima de todo hay un inmenso manto de perdón.



Fue San Pablo quien dijo que «la paga del pecado es muerte». Pero añadió que «la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Romanos 6:23b). El sacrificio de Cristo al morir en la cruz basta para limpiar todos nuestros pecados.



Si le pedimos perdón a Dios, no importa cuáles ni cuántos han sido nuestros pecados, con tal que nos arrepintamos sincera y profundamente. Cristo desea ser nuestro Salvador.

viernes, 10 de septiembre de 2010

EN UNA FIESTA DE BODAS


Era fiesta de bodas. ¿Se podrá pedir algo más feliz? Fiesta de bodas en Valencia, España. Fiesta de bodas de Justino, un africano de Angola, y Marisabel, una bella valenciana. La novia vestía de blanco, el novio de negro, y veinte invitados especiales, de chaqué. Había, además, otros cincuenta convidados.

No bien entraron los flamantes esposos al restaurante de la fiesta, hizo su entrada la policía. Justino estaba acusado de vender drogas y de estafar a los clientes vendiéndoles heroína mezclada con arena.

 

Allí mismo, en medio de la fiesta nupcial, se armó tremenda batahola. Hubo golpes, bastonadas y puntapiés, y todos terminaron en la comisaría. De asistentes a una fiesta de bodas pasaron a reos de cárcel.
 
Lamentablemente no hay felicidad duradera en este mundo. Del momento más feliz es posible caer en la desgracia más violenta, y todo eso en un instante. Es cierto que muchas veces las desventuras se producen por accidente, algo imprevisto, pero en la mayoría de los casos la desgracia es el producto de CAUSA Y EFECTO. Así fue en esta boda.

Justino era un narcotraficante que sumaba al narcotráfico la estafa. Sabía lo que era dar gato por liebre. Daba arena finamente molida en lugar de heroína. De ahí la denuncia a la policía, y de ahí también la intervención policial.

 
Impera en el mundo, en toda la humanidad, una ley inmutable. Se llama la ley de la cosecha: «Cada uno cosecha lo que siembra» (Gálatas 6:7).



Casi nada de lo que nos ocurre es castigo de Dios, o ataque del diablo, u obra del destino o acción de demonios. Más bien, casi todas las desgracias que sufrimos son consecuencias de nuestras propias malas acciones. Podemos escoger nuestros hechos, pero no podemos escoger sus consecuencias.



El primer paso hacia una vida de paz y tranquilidad es nunca hacer algo que traiga consecuencias dañinas. Pensemos bien todo lo que hacemos, y midamos bien sus consecuencias. Una vez que la semilla se siembra, nadie puede alterar su fruto. Una vez hecho el mal, nadie puede evitar sus consecuencias.



Hagámonos amigos de Cristo. Él puede y quiere salvarnos. Lo hace dándonos la fuerza para llevar una vida limpia, recta y pura: una vida que sólo cosechará fruto bueno y agradable. Cristo regenera, purifica, salva y da nueva vida.



jueves, 9 de septiembre de 2010

ANTIDOTO DE LOS CELOS



Todo comenzó bien, así como comienza la mayoría de los matrimonios. Había ternura, había afecto y, más que nada, había amor. Sin embargo, pasada la luna de miel, el matrimonio comenzó a andar mal. En medio de dos que se amaban, se interpusieron los celos, que destruyen todo lo que tocan.


Un día Francisco Contreras, de Monterrey, México, no soportó el acoso de los celos y le pegó un tiro a su esposa, Sanjuana, en el temporal derecho. Acto seguido, se disparó él mismo en la sien. Ninguno de los dos murió, pero Sanjuana quedó con las facultades mentales alteradas, y Francisco perdió la vista en un ojo. Los celos habían triunfado.



 
Si hay algo que los matrimonios deben rehuir, son los celos. Los celos consumen alma, corazón, mente y vida, y mientras los están consumiendo, conducen a la locura, terminando en tragedias como aquella.


Hay celos que son naturales y saludables, y que provienen de un amor genuino. La Biblia dice que aun Dios es un Dios celoso que con diligencia vela por los suyos. Pero hay, también, celos morbosos, perjudiciales y enfermizos, producto de oscuros y bajos complejos. Esos son celos destructivos.



¿Cómo evitar que haya celos destructivos? Se comienza estableciendo un patrón de fidelidad incondicional entre esposos. El cónyuge debe saber, sin la más mínima duda, que su pareja, por nada en la vida, defraudaría los votos nupciales de amor y lealtad que los dos hicieron ante Dios.



Luego, cada cónyuge debe desarrollar fe y confianza en Cristo. La fe profunda en Cristo nos libra de psicopatías enfermizas. Cuando ambos esposos son verdaderos seguidores de Cristo, no hay entre ellos ningún brote de malos celos.



Añádase a esto el cultivo a fondo de la amistad matrimonial. Cuando el amor —el buen amor, el amor basado en un compromiso inquebrantable— se cultiva con sumo cuidado, los celos malignos no tienen ocasión de brotar. Porque al conservar el amor genuino, nos inmunizamos contra los celos destructivos.



Dios, el diseñador del matrimonio, es también la fuente del amor. Cuando nuestro matrimonio y nuestra vida están en armonía con Dios, estamos también en armonía con nuestro cónyuge, y los celos no tienen dónde aflorar.



Con Cristo en el matrimonio, no hay lugar para celos enfermizos. Sólo hay lugar para un amor cálido, puro, tierno y cristiano. Sea Cristo, desde hoy, el Señor de nuestro matrimonio. En él hay paz y confianza y seguridad.


lunes, 6 de septiembre de 2010

LA PRIMERA Y ULTIMA CITA...



Cumplía dieciséis años. La edad florida. La edad de vestirse de largo y usar tacones altos. La edad de la primera cita y del primer baile sin la vigilancia de la mamá. La edad de salir a divertirse con el primer novio. ¡Con razón Lilia Barajas, de Caracas, Venezuela, comenzó feliz la noche! Era la noche de los dieciséis años recién cumplidos.



Tengo una cita con la felicidad —le dijo a su madre, Lupe Barajas.

Y la madre respondió:
Ten cuidado.



A sólo dos cuadras de su casa, al cruzar una esquina con su amigo, la atropelló un auto manejado por un borracho. Esa misma noche Lilia murió en el hospital a causa de heridas masivas en el cráneo. Durante su cita con la felicidad se interpuso una cita con un conductor intoxicado.



La crónica policial de los diarios nos trae la misma información de continuo: un conductor borracho atropella a un transeúnte, a quien mata o hiere de gravedad. ¿Y qué del conductor? Casi siempre huye. Escapa a toda carrera por donde puede. Y siempre deja desamparada a la víctima de su vicio. El tal macho bebe hasta embriagarse, pero no es lo bastante hombre como para encarar las consecuencias de sus acciones.



Por eso lo hemos dicho mil veces y lo seguiremos repitiendo: el alcohol es el enemigo del hombre. El alcohol es bueno cuando se aplica externamente —por ejemplo, para desinfectar heridas y masajear músculos doloridos—, pero es muy dañino cuando se aplica internamente, bebiéndolo a destajo.



Ya lo advierte la Biblia: «No te fijes en lo rojo que es el vino, ni en cómo brilla en la copa, ni en la suavidad con que se desliza; porque acaba mordiendo como serpiente y envenenando como víbora. Tus ojos verán alucinaciones, y tu mente imaginará estupideces» (Proverbios 23:31‑33).



El alcohol, la droga y el juego son vicios que dominan a su víctima. Anulan la libertad, nublan la conciencia, entorpecen la inteligencia y rebajan el discernimiento moral. El alcohólico, el drogadicto y el jugador pueden llegar al extremo de matar a sus propios hijos cuando es amenazado el imperio de su vicio.



Por su propio bien y el de todos los suyos, el esclavo del vicio necesita acudir a Jesucristo. Sólo Cristo puede librarlo de esos destructivos dueños del alma. Sólo Cristo da el poder para vencer cualquier vicio. Sólo Cristo da la fuerza para llevar una vida libre. Sólo Cristo da vida nueva. Lo único que el alcohólico y el adicto tienen que hacer es rendirle su corazón y su voluntad a Cristo. Basta con que le digan, en un acto de entrega total: «Señor, soy tuyo. Recíbeme hoy.»



jueves, 2 de septiembre de 2010

ME ALEJE DE DE DIOS...

ME ALEJE DE DIOS

"He dejado de asistir a la iglesia no puedo mas, me siento mal, mejor no estorbare
quiero pedir que me lleven en sus oraciones pero prefiero estar asi como estoy.”


 
Lo anterior lo pronuncio y escribio un joven. Si pudiéramos oírnos cuando decimos esto y pudiéramos oír a tantos jóvenes pronunciando este mismo dicho ME ALEJE DE DIOS, determinaríamos que no solo es el hecho de haber perdido la paz y el gozo Espiritual y posiblemente haber vuelto nuevamente a un vicio o una felicidad pasajera, y el cuidado total que debería importar realmente pues es un vida a punto de PERDERSE…



¿Qué harías tú frente a un hombre ciego que camina derecho hacia un abismo o precipio?

¿Qué harías tú ante un automovilista que corre, en una noche oscura con el asfalto mojado, y sin darse cuenta en dirección a un puente cortado?



 
El peligro que enfrenta un joven creyente que se ha alejado de Dios no es menor; al contrario pues VA NUEVAMENTE A LA PERDICION Y POSIBLEMTE A UNA MUERTE SEGURA…

 

PELIGRO DE PERDER LA VIDA

¿Que si te apartas de Dios estás en peligro de perder tu vida?

Cuando se es joven, es la edad de las grandes decisiones. Lo que tú elijas ahora te seguirá para toda tu vida. En lo sentimental, Laboral, Intelectual y Espiritual. En casi todo lo que hagas. Cuando seas adulto, estarás determinado por lo que hiciste (o no hiciste) cuando se es joven.

La vida le exige la sabiduría de la vejez para la toma de decisiones atinadas. ¿Quién aconsejará en ese momento? ¿Los padres? No, y aunque lo hicieran, si la sabiduría no está en el corazón del joven, los padres poco podrán hacer para suplirla. Los consejos de los padres, por sabios que sean, no hallarán eco en el joven a menos que dentro de él esté la Sabiduría. ¿Aconsejarán los pastores? Si el joven está lejos de Dios no buscará el consejo de un pastor. Su círculo de amigos le parecerá mejor que el más sabio consejero, aunque su fin sea la muerte misma.


 
Si eliges mal la esposa (o el esposo); si eliges mal tu profesión, y después quisieras servir al Señor, encontrarías un estorbo difícil de superar. La única posibilidad de no equivocarte en estos importantes asuntos es volviéndote al Señor (antes de que sea tarde) para que Él sea tu sabiduría.

LA OVEJA Y EL CERDO

Otro peligro es volver al pecado y a la inmundicia.

Cuando un hombre se acerca a Dios se aleja del pecado, pero cuando se aleja de Dios se acerca peligrosamente al pecado. Siendo un hijo de Dios, y habiendo conocido la santidad, se ve envuelto en las costumbres de los que no conocen a Dios. ¿Cuál será allí su satisfacción? Allí se sentirá muy desdichado. Una oveja y un cerdo reaccionan de manera diferente en el fango. Un cerdo que se mete en él gruñe de satisfacción y se enoja si intentan sacarlo. Una oveja, en cambio, no va a estar feliz allí, porque no está en su elemento. Va a luchar hasta que logre salir de él.



 
Un joven lejos de Dios está muy próximo a caer en el barro, a ensuciar sus ropas. Allí no va a disfrutar del sucio placer mundano, porque el Espíritu Santo le redargüirá. No está bien con Dios, pero tampoco estará bien en el mundo.

Su suerte será muy desdichada mientras no vuelva a Dios.

Lo que se siembra, se siega

Las palabra afirma:

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” (Gál.6:7)


 
La juventud es una época de siembra. Muchos pecados cometidos en la juventud tienen su cosecha de muerte el resto de la vida. Un hijo concebido en la soltería, un accidente físico, un exceso moral, exceso de sexo durante la soltería y la convivencia con alguien, todo ello es una siembra que traerá inevitablemente una cosecha.

Muchos traumas sicológicos que llevan los adultos son el efecto de una dura experiencia juvenil, de un pecado largamente acariciado. Sin embargo, tú puedes sembrar también una buena semilla. La sensatez, la cordura y la sabiduría de Dios pueden guiarte eficazmente para no errar el camino. Tu vida adulta puede tener la paz y el reposo que dan las decisiones sabiamente tomadas cuando tú estás en paz con Dios.

ADVERTENCIA E INVITACION

¿Cuál es, entonces, la palabra para los jóvenes que creen en Dios, pero se han alejado de sus caminos? Es, fundamentalmente, una palabra de advertencia.

Pero no es sólo eso. Es también una palabra de invitación.

La Palabra de Dios dice: “Buscad a Dios mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano” (Is. 55:6). Y también dice: “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb.4:16). En otro lugar dice: “Acerquémonos con corazón sincero...” (Heb.10:22).

Tú no necesitas hacer méritos antes de acercarte a Dios.

Dios sabe que tú no puedes mejorarte a ti mismo, ni tampoco acercarte a él cuando tu corazón está frío y duro.


 
Pero le puedes hablar sinceramente y decir lo que realmente sientes. Dile que has pecado, que no puedes contigo mismo, que si Él no te ayuda, estarás perdido. Dile sin rodeos todo lo que pasa en tu vida y pídele ayuda. La sangre de Jesucristo está a tu favor, y el Abogado que tienes en los cielos defenderá tu causa. (1ª Juan 2:1).

Si lo haces con sinceridad, recibirás socorro. Dios es tan misericordioso y fiel a su Palabra, que la única manera de no ser ayudado es no pidiendo ayuda.


 
Con todo, recuerda: Si dejas fuera de tu vida a Dios, entonces las consecuencias pueden ser muy trágicas, y sobre todo, perderás la seguridad, el gozo y la paz que sólo Dios puede dar.

martes, 31 de agosto de 2010

UNA UNION PERFECTA.....

Un día martes se dieron el «SI». Intercambiaron votos y promesas nupciales, intercambiaron anillos y se unieron para siempre en matrimonio: un matrimonio que ellos sabían duraría hasta que la muerte los separara. Sus corazones estaban unidos, sus voluntades fundidas en una sola, sus almas una misma.



Un día después del matrimonio, el miércoles, Victoria Ingram, de treinta y ocho años de edad, donó uno de sus riñones a su nuevo esposo Randall Curlee, un diabético de cuarenta y seis años. No sólo sabían compartir corazones sino también órganos internos.


El doctor Roberto Méndez, de San Diego, California, realizó el trasplante. Fue muy interesante el comentario del cirujano. «Victoria —dijo él— es la persona más desinteresada que conozco. ¡Es increíble!»

He aquí un matrimonio que da el ejemplo. Comparten absolutamente todo en la vida: su corazón, su voluntad, su alma, su destino, su casa, sus haberes, su Cuenta Bancaria y todos los gastos conjuntos del matrimonio. Encima de todo eso, ahora habían de compartir un riñón. ¡Unión perfecta!



Ese matrimonio se había formalizado para durar toda la vida. No se habían casado por uno o dos años nada más sino tal como Dios lo estableció desde el principio: para siempre. Y siempre quiere decir, sin excepción alguna, siempre.


Hay quienes alegan que una solución es el divorcio. Pero si acaso es una solución, es también una mutilación. Es más, cuando un brazo o una pierna se gangrenan y hay que recurrir a la amputación, siempre es, como quiera, una mutilación.

Ningún matrimonio debe llegar al naufragio. Y un divorcio es un naufragio en que todos pierden: se pierde el matrimonio, se pierden los hijos, se pierde el hogar, se pierde la familia, se pierde la sociedad. Nadie gana en un divorcio.

¿Se puede evitar un divorcio inminente? Claro que sí. Se evita cultivando aquellos valores que enriquecen el matrimonio: el amor, sobre todas las cosas, después la simpatía, el compañerismo, la honra y la ayuda mutuas, la comprensión, la comunicación, y el perdón siempre listo a pedirse y a darse.



Por encima de todo, si el matrimonio ha de ser feliz y duradero, es imprescindible que los cónyuges tengan los mismos valores espirituales. Cuando marido y esposa se entregan de corazón a Jesucristo y lo hacen el Señor de su vida, de su matrimonio y de su hogar, lo único que los podrá separar es la muerte.

Rindámosle nuestra vida a Cristo, y veremos que Él se encargará de que nuestro matrimonio sea una unión perfecta.

lunes, 30 de agosto de 2010

Reflexion..

Una señora muy pobre telefoneó a un programa cristiano de radio pidiendo ayuda, pues no tenía nada que comer.



Un brujo del mal que por casualidad escuchaba el programa consiguió su dirección, llamó a sus secretarios y ordenó que compraran alimentos y los llevaran hacia la mujer, con la siguiente instrucción:

Cuando ella pregunte quien mandó estos alimentos, respondan que fue el DIABLO!!

Cuando llegaron a la casa, la mujer los recibió con alegría y fue inmediatamente guardando los alimentos que le llevaron los secretarios del brujo. Al ver que ella no preguntaba nada, ellos le preguntaron: ¿Señora no quiere saber quién le envió estas cosas? La mujer, en la simplicidad de la fe, respondió:

- No, hijito... No es preciso.

Cuando Dios manda, hasta el diablo obedece!


 




viernes, 27 de agosto de 2010

MIL DOSCIENTAS DOSIS MINIMAS.....

Todos los vecinos oyeron los terribles gritos del chiquillo esa tarde del mes de  septiembre.

Eran gritos agudísimos, de miedo, de dolor y de espanto. Cuando acudieron en gran grupo, vieron un espectáculo horrorizante: Mike Markham, un chiquillo de siete años, y su pequeño perro, estaban en el suelo junto a un árbol, materialmente cubiertos de furiosas avispas amarillas.



El pequeño Mike y su perro, de Apopka, estado de Florida, habían salido a jugar al campo esa tarde de otoño. Sin querer habían espantado un enjambre de avispas, y éstas los habían atacado. En el cuerpo del niño se encontraron más de mil doscientas picaduras. Y él, y el can, murieron como resultado del veneno.

La picadura de una avispa de las amarillas es en realidad de poco temer. Produce un poco de escozor y quizá una leve hinchazón pasajera. Porque la dosis de veneno es tan mínima que el cuerpo la disuelve en seguida. Pero cuando son mil doscientas dosis mínimas, introducidas en un solo cuerpo, ya la dosis se hace masiva, se vuelve mortal

 

Eso fue lo que pasó con Mike, alegre chiquillo de siete años. Quizá una, dos, o aun diez picaduras las hubiera resistido. Su cuerpo sano y fuerte hubiera rechazado la ponzoña. Pero fueron mil doscientas picaduras, demasiada ponzoña acumulada, y el pequeño no resistió.



Así pasa también con el pecado. Un solo pecado blanco, como solemos llamarle (aunque blanco no hay ninguno) puede pasar. El alma es capaz de resistirlo y eliminarlo. Una pequeña mentira, una glotonería pasajera, hasta una borrachera en una fiesta especial, pueden ser eliminados del alma como quien elimina una toxina que no conviene.

 

Pero, ¿qué pasa cuando ese pequeño pecado blanco se repite mil doscientas veces? Una pequeña mentira se vuelve hábito de mentir. Una borrachera en una despedida de solteros, repetida constantemente, se vuelve esclavitud al alcohol.


Un adulterio que se comete una vez, a fuerza de repetirlo, se convierte en un estado de continuo adulterio que emponzoña toda la vida del hombre, de la mujer y del hogar de ambos. Un pequeño hurto que parece insignificante, repetido cientos o miles de veces, corrompe todo el carácter y toda la existencia de la persona.

Sólo Cristo puede salvarnos de la dosis mínima del pecado y de la infección masiva que produce. Porque sólo Cristo tiene el antídoto contra toda forma de mal.