lunes, 13 de septiembre de 2010

EL AMOR Y EL MATRIMONIO....


El primer vínculo familiar que debemos fortalecer es horizontal: el del matrimonio. De él depende toda la familia. Debemos, pues, acercarnos a nuestro cónyuge, manifestándole amor y comprensión. El esposo debe amar y cuidar a su esposa, y la esposa debe aceptar al esposo como cabeza del hogar. «En todo caso, cada uno de ustedes ame también a su esposa como a sí mismo, y que la esposa respete a su esposo» (Efesios 5:33). La armonía conyugal viene cuando determinamos hacer a un lado el egoísmo. Es algo que obtenemos con esfuerzo.



Pero a veces, aunque nos hemos esforzado por tener un buen matrimonio, algo pasa. Perdemos el primer amor que sentimos cuando nos casamos. ¿Qué podrá inyectar nueva vida en las venas de un matrimonio raquítico? ¿Qué puede una pareja introducirle a su matrimonio que le devuelva el calor que una vez tuvo?




Para empezar, deben traer a la memoria aquel día mágico en que como novios se pronunciaron esas palabras sagradas de unión eterna. Allí no hubo hipocresía. No hubo falsedad. Se dijeron que se amarían para siempre porque se querían de todo corazón. En ese momento encantador el tiempo se detuvo y dos corazones se convirtieron en uno. ¿Cómo se les iba a ocurrir que podría venir el día en que ese amor se enfriaría?

 

Pero algo pasó. La ilusión se deshizo, y se apagó la chispa. ¿Qué hacer?



Juntos deben decidir que, pase lo que pase, su matrimonio no va a destruirse. El amor es el producto de una DETERMINACION, NO DE UN SENTIMIENTO, y cuando los dos determinan que la separación no es, ni nunca será, una opción, esa determinación le dará a su matrimonio nueva esperanza.





Uno de los peores males que padecemos en la actualidad es la IDEA DE QUE EL AMOR ES ALGO QUE SE SIENTE NADA MAS. A eso se debe que haya tantas separaciones y tantos divorcios. Cuando los casados dejan de «SENTIR» el amor de novios, suele suceder una de dos cosas: o se convencen de que ya se acabó su relación conyugal, o se valen de ese vacío emocional para justificar una relación extramatrimonial en la que sí vuelven a sentir ese amor excitante de antes. ¿Y qué es exactamente lo que sienten? La pasión sensual, que en demasiados casos no tiene relación alguna con el amor genuino.



¿QUE ES ENTONCES EL VERDADERO AMOR? Es algo que se practica, como el deporte. Es algo que se ensaya, como la guitarra. Es algo que se mantiene, como el estado físico. Y es algo que se cultiva, como un jardín. ¿Por qué? Porque vale la pena. «Si … me falta el amor —afirma San Pablo—no soy nada.» En cambio, si tengo amor, tengo algo que se reproduce, pues «el amor jamás se extingue» (1 Corintios 13:2,8).



La pareja debe invertir tiempo en su matrimonio y no dejarlo al azar. ¡Pero que sea tiempo bien invertido! Eso incluye gozarse juntos, disfrutar de sanas diversiones juntos, pasar noches juntos con el televisor apagado, y compartir momentos intimos juntos.




Finalmente, deben perseguir las mismas metas espirituales: leer la Biblia juntos, orar juntos, ir a la iglesia juntos y buscar a Dios juntos. De lo contrario, estarán divididos. «Y si una familia está dividida contra sí misma, asegura Jesucristo esa familia no puede mantenerse en pie» (Marcos 3:25). Pero si, como familia espiritual, buscan «primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mateo 6:33), Dios se encargará de bendecir su unión tanto en lo material como en lo espiritual.





Para los que se encuentran al borde del fracaso conyugal, es importante que comprendan que nunca es demasiado tarde para empuñar las riendas de su matrimonio a fin de salvarlo. Si le piden a Dios que los ayude, Él lo hará. Después de todo, Dios es el que diseñó el matrimonio, y siempre está dispuesto a repararlo. Pero es imprescindible que lo pongan en sus manos y le permitan hacerlo. Porque si no están dispuestos a cooperar con Él, poniendo de su parte para restablecer la armonía en su matrimonio, es probable que tengan que afrontar las siguientes consecuencias naturales.

CONTINUARA.....

NIEVE, VIENTO Y SOL...


Un blanco manto se extendía por todos lados. Era la primera nevada otoñal en Noruega, y la nación entera estaba cubierta del blanco armiño.
Tres niños jugaban en la nieve: la pequeña Silje Redegaard, de cinco años de edad, y dos amiguitos de ella, uno de cinco años y otro de seis.


 
De pronto, en un sorpresivo estallido de violencia, los dos niños comenzaron a pegarle con palos a Silje Redegaard, hasta que quedó inconsciente. Poco tiempo después murió, congelada. Los dos homicidas pudieron explicar lo que pasó. Lo maravilloso, lo increíble, lo inesperado fue la reacción de la madre de Silje, Beathe Redegaard, pues dijo: «Yo perdono a estos niños. Ellos no sabían lo que hacían.»

Aquel trágico suceso sacudió a toda Noruega, un país excepcionalmente culto, pacífico y ordenado. Nadie hubiera esperado que dos niños tan pequeños tuvieran tal ataque de furia. En la blanca nieve del otoño, sopló, de golpe, el viento de la violencia. Pero luego hubo, también, un rayo de sol: el perdón de la madre de la niña muerta.


 
La nieve, el viento y el sol pueden emplearse como símbolos del drama universal humano. La nieve es fría, inmóvil, silenciosa. Representa, en toda su indiferencia y frialdad, la muerte. El viento, que a veces se vuelve torbellino al soplar con furia descontrolada, representa la violencia. Y el sol, cálido y bueno, representa la acción perdonadora y salvadora de Dios. Por eso a Cristo se le llama en la Biblia «el sol de justicia» (Malaquías 4:2).
 
Toda acción ofensiva de los hombres toda injusticia, todo despotismo, todo pecado  trae aparejada la muerte. «La paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23a) es la sentencia inapelable de Dios. Y hay que reconocer que vientos de violencia soplan furiosos por todas las comarcas del mundo.



Sin embargo, hay un Sol de justicia que nos ofrece perdón, tal como se lo ofreció Beathe Redegaard a los dos niños asesinos de su hijita. Puede haber en la humanidad mucha violencia, mucha maldad y mucho pecado, pero por encima de todo hay un inmenso manto de perdón.



Fue San Pablo quien dijo que «la paga del pecado es muerte». Pero añadió que «la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Romanos 6:23b). El sacrificio de Cristo al morir en la cruz basta para limpiar todos nuestros pecados.



Si le pedimos perdón a Dios, no importa cuáles ni cuántos han sido nuestros pecados, con tal que nos arrepintamos sincera y profundamente. Cristo desea ser nuestro Salvador.

viernes, 10 de septiembre de 2010

EN UNA FIESTA DE BODAS


Era fiesta de bodas. ¿Se podrá pedir algo más feliz? Fiesta de bodas en Valencia, España. Fiesta de bodas de Justino, un africano de Angola, y Marisabel, una bella valenciana. La novia vestía de blanco, el novio de negro, y veinte invitados especiales, de chaqué. Había, además, otros cincuenta convidados.

No bien entraron los flamantes esposos al restaurante de la fiesta, hizo su entrada la policía. Justino estaba acusado de vender drogas y de estafar a los clientes vendiéndoles heroína mezclada con arena.

 

Allí mismo, en medio de la fiesta nupcial, se armó tremenda batahola. Hubo golpes, bastonadas y puntapiés, y todos terminaron en la comisaría. De asistentes a una fiesta de bodas pasaron a reos de cárcel.
 
Lamentablemente no hay felicidad duradera en este mundo. Del momento más feliz es posible caer en la desgracia más violenta, y todo eso en un instante. Es cierto que muchas veces las desventuras se producen por accidente, algo imprevisto, pero en la mayoría de los casos la desgracia es el producto de CAUSA Y EFECTO. Así fue en esta boda.

Justino era un narcotraficante que sumaba al narcotráfico la estafa. Sabía lo que era dar gato por liebre. Daba arena finamente molida en lugar de heroína. De ahí la denuncia a la policía, y de ahí también la intervención policial.

 
Impera en el mundo, en toda la humanidad, una ley inmutable. Se llama la ley de la cosecha: «Cada uno cosecha lo que siembra» (Gálatas 6:7).



Casi nada de lo que nos ocurre es castigo de Dios, o ataque del diablo, u obra del destino o acción de demonios. Más bien, casi todas las desgracias que sufrimos son consecuencias de nuestras propias malas acciones. Podemos escoger nuestros hechos, pero no podemos escoger sus consecuencias.



El primer paso hacia una vida de paz y tranquilidad es nunca hacer algo que traiga consecuencias dañinas. Pensemos bien todo lo que hacemos, y midamos bien sus consecuencias. Una vez que la semilla se siembra, nadie puede alterar su fruto. Una vez hecho el mal, nadie puede evitar sus consecuencias.



Hagámonos amigos de Cristo. Él puede y quiere salvarnos. Lo hace dándonos la fuerza para llevar una vida limpia, recta y pura: una vida que sólo cosechará fruto bueno y agradable. Cristo regenera, purifica, salva y da nueva vida.



jueves, 9 de septiembre de 2010

ANTIDOTO DE LOS CELOS



Todo comenzó bien, así como comienza la mayoría de los matrimonios. Había ternura, había afecto y, más que nada, había amor. Sin embargo, pasada la luna de miel, el matrimonio comenzó a andar mal. En medio de dos que se amaban, se interpusieron los celos, que destruyen todo lo que tocan.


Un día Francisco Contreras, de Monterrey, México, no soportó el acoso de los celos y le pegó un tiro a su esposa, Sanjuana, en el temporal derecho. Acto seguido, se disparó él mismo en la sien. Ninguno de los dos murió, pero Sanjuana quedó con las facultades mentales alteradas, y Francisco perdió la vista en un ojo. Los celos habían triunfado.



 
Si hay algo que los matrimonios deben rehuir, son los celos. Los celos consumen alma, corazón, mente y vida, y mientras los están consumiendo, conducen a la locura, terminando en tragedias como aquella.


Hay celos que son naturales y saludables, y que provienen de un amor genuino. La Biblia dice que aun Dios es un Dios celoso que con diligencia vela por los suyos. Pero hay, también, celos morbosos, perjudiciales y enfermizos, producto de oscuros y bajos complejos. Esos son celos destructivos.



¿Cómo evitar que haya celos destructivos? Se comienza estableciendo un patrón de fidelidad incondicional entre esposos. El cónyuge debe saber, sin la más mínima duda, que su pareja, por nada en la vida, defraudaría los votos nupciales de amor y lealtad que los dos hicieron ante Dios.



Luego, cada cónyuge debe desarrollar fe y confianza en Cristo. La fe profunda en Cristo nos libra de psicopatías enfermizas. Cuando ambos esposos son verdaderos seguidores de Cristo, no hay entre ellos ningún brote de malos celos.



Añádase a esto el cultivo a fondo de la amistad matrimonial. Cuando el amor —el buen amor, el amor basado en un compromiso inquebrantable— se cultiva con sumo cuidado, los celos malignos no tienen ocasión de brotar. Porque al conservar el amor genuino, nos inmunizamos contra los celos destructivos.



Dios, el diseñador del matrimonio, es también la fuente del amor. Cuando nuestro matrimonio y nuestra vida están en armonía con Dios, estamos también en armonía con nuestro cónyuge, y los celos no tienen dónde aflorar.



Con Cristo en el matrimonio, no hay lugar para celos enfermizos. Sólo hay lugar para un amor cálido, puro, tierno y cristiano. Sea Cristo, desde hoy, el Señor de nuestro matrimonio. En él hay paz y confianza y seguridad.


lunes, 6 de septiembre de 2010

LA PRIMERA Y ULTIMA CITA...



Cumplía dieciséis años. La edad florida. La edad de vestirse de largo y usar tacones altos. La edad de la primera cita y del primer baile sin la vigilancia de la mamá. La edad de salir a divertirse con el primer novio. ¡Con razón Lilia Barajas, de Caracas, Venezuela, comenzó feliz la noche! Era la noche de los dieciséis años recién cumplidos.



Tengo una cita con la felicidad —le dijo a su madre, Lupe Barajas.

Y la madre respondió:
Ten cuidado.



A sólo dos cuadras de su casa, al cruzar una esquina con su amigo, la atropelló un auto manejado por un borracho. Esa misma noche Lilia murió en el hospital a causa de heridas masivas en el cráneo. Durante su cita con la felicidad se interpuso una cita con un conductor intoxicado.



La crónica policial de los diarios nos trae la misma información de continuo: un conductor borracho atropella a un transeúnte, a quien mata o hiere de gravedad. ¿Y qué del conductor? Casi siempre huye. Escapa a toda carrera por donde puede. Y siempre deja desamparada a la víctima de su vicio. El tal macho bebe hasta embriagarse, pero no es lo bastante hombre como para encarar las consecuencias de sus acciones.



Por eso lo hemos dicho mil veces y lo seguiremos repitiendo: el alcohol es el enemigo del hombre. El alcohol es bueno cuando se aplica externamente —por ejemplo, para desinfectar heridas y masajear músculos doloridos—, pero es muy dañino cuando se aplica internamente, bebiéndolo a destajo.



Ya lo advierte la Biblia: «No te fijes en lo rojo que es el vino, ni en cómo brilla en la copa, ni en la suavidad con que se desliza; porque acaba mordiendo como serpiente y envenenando como víbora. Tus ojos verán alucinaciones, y tu mente imaginará estupideces» (Proverbios 23:31‑33).



El alcohol, la droga y el juego son vicios que dominan a su víctima. Anulan la libertad, nublan la conciencia, entorpecen la inteligencia y rebajan el discernimiento moral. El alcohólico, el drogadicto y el jugador pueden llegar al extremo de matar a sus propios hijos cuando es amenazado el imperio de su vicio.



Por su propio bien y el de todos los suyos, el esclavo del vicio necesita acudir a Jesucristo. Sólo Cristo puede librarlo de esos destructivos dueños del alma. Sólo Cristo da el poder para vencer cualquier vicio. Sólo Cristo da la fuerza para llevar una vida libre. Sólo Cristo da vida nueva. Lo único que el alcohólico y el adicto tienen que hacer es rendirle su corazón y su voluntad a Cristo. Basta con que le digan, en un acto de entrega total: «Señor, soy tuyo. Recíbeme hoy.»



jueves, 2 de septiembre de 2010

ME ALEJE DE DE DIOS...

ME ALEJE DE DIOS

"He dejado de asistir a la iglesia no puedo mas, me siento mal, mejor no estorbare
quiero pedir que me lleven en sus oraciones pero prefiero estar asi como estoy.”


 
Lo anterior lo pronuncio y escribio un joven. Si pudiéramos oírnos cuando decimos esto y pudiéramos oír a tantos jóvenes pronunciando este mismo dicho ME ALEJE DE DIOS, determinaríamos que no solo es el hecho de haber perdido la paz y el gozo Espiritual y posiblemente haber vuelto nuevamente a un vicio o una felicidad pasajera, y el cuidado total que debería importar realmente pues es un vida a punto de PERDERSE…



¿Qué harías tú frente a un hombre ciego que camina derecho hacia un abismo o precipio?

¿Qué harías tú ante un automovilista que corre, en una noche oscura con el asfalto mojado, y sin darse cuenta en dirección a un puente cortado?



 
El peligro que enfrenta un joven creyente que se ha alejado de Dios no es menor; al contrario pues VA NUEVAMENTE A LA PERDICION Y POSIBLEMTE A UNA MUERTE SEGURA…

 

PELIGRO DE PERDER LA VIDA

¿Que si te apartas de Dios estás en peligro de perder tu vida?

Cuando se es joven, es la edad de las grandes decisiones. Lo que tú elijas ahora te seguirá para toda tu vida. En lo sentimental, Laboral, Intelectual y Espiritual. En casi todo lo que hagas. Cuando seas adulto, estarás determinado por lo que hiciste (o no hiciste) cuando se es joven.

La vida le exige la sabiduría de la vejez para la toma de decisiones atinadas. ¿Quién aconsejará en ese momento? ¿Los padres? No, y aunque lo hicieran, si la sabiduría no está en el corazón del joven, los padres poco podrán hacer para suplirla. Los consejos de los padres, por sabios que sean, no hallarán eco en el joven a menos que dentro de él esté la Sabiduría. ¿Aconsejarán los pastores? Si el joven está lejos de Dios no buscará el consejo de un pastor. Su círculo de amigos le parecerá mejor que el más sabio consejero, aunque su fin sea la muerte misma.


 
Si eliges mal la esposa (o el esposo); si eliges mal tu profesión, y después quisieras servir al Señor, encontrarías un estorbo difícil de superar. La única posibilidad de no equivocarte en estos importantes asuntos es volviéndote al Señor (antes de que sea tarde) para que Él sea tu sabiduría.

LA OVEJA Y EL CERDO

Otro peligro es volver al pecado y a la inmundicia.

Cuando un hombre se acerca a Dios se aleja del pecado, pero cuando se aleja de Dios se acerca peligrosamente al pecado. Siendo un hijo de Dios, y habiendo conocido la santidad, se ve envuelto en las costumbres de los que no conocen a Dios. ¿Cuál será allí su satisfacción? Allí se sentirá muy desdichado. Una oveja y un cerdo reaccionan de manera diferente en el fango. Un cerdo que se mete en él gruñe de satisfacción y se enoja si intentan sacarlo. Una oveja, en cambio, no va a estar feliz allí, porque no está en su elemento. Va a luchar hasta que logre salir de él.



 
Un joven lejos de Dios está muy próximo a caer en el barro, a ensuciar sus ropas. Allí no va a disfrutar del sucio placer mundano, porque el Espíritu Santo le redargüirá. No está bien con Dios, pero tampoco estará bien en el mundo.

Su suerte será muy desdichada mientras no vuelva a Dios.

Lo que se siembra, se siega

Las palabra afirma:

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” (Gál.6:7)


 
La juventud es una época de siembra. Muchos pecados cometidos en la juventud tienen su cosecha de muerte el resto de la vida. Un hijo concebido en la soltería, un accidente físico, un exceso moral, exceso de sexo durante la soltería y la convivencia con alguien, todo ello es una siembra que traerá inevitablemente una cosecha.

Muchos traumas sicológicos que llevan los adultos son el efecto de una dura experiencia juvenil, de un pecado largamente acariciado. Sin embargo, tú puedes sembrar también una buena semilla. La sensatez, la cordura y la sabiduría de Dios pueden guiarte eficazmente para no errar el camino. Tu vida adulta puede tener la paz y el reposo que dan las decisiones sabiamente tomadas cuando tú estás en paz con Dios.

ADVERTENCIA E INVITACION

¿Cuál es, entonces, la palabra para los jóvenes que creen en Dios, pero se han alejado de sus caminos? Es, fundamentalmente, una palabra de advertencia.

Pero no es sólo eso. Es también una palabra de invitación.

La Palabra de Dios dice: “Buscad a Dios mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano” (Is. 55:6). Y también dice: “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb.4:16). En otro lugar dice: “Acerquémonos con corazón sincero...” (Heb.10:22).

Tú no necesitas hacer méritos antes de acercarte a Dios.

Dios sabe que tú no puedes mejorarte a ti mismo, ni tampoco acercarte a él cuando tu corazón está frío y duro.


 
Pero le puedes hablar sinceramente y decir lo que realmente sientes. Dile que has pecado, que no puedes contigo mismo, que si Él no te ayuda, estarás perdido. Dile sin rodeos todo lo que pasa en tu vida y pídele ayuda. La sangre de Jesucristo está a tu favor, y el Abogado que tienes en los cielos defenderá tu causa. (1ª Juan 2:1).

Si lo haces con sinceridad, recibirás socorro. Dios es tan misericordioso y fiel a su Palabra, que la única manera de no ser ayudado es no pidiendo ayuda.


 
Con todo, recuerda: Si dejas fuera de tu vida a Dios, entonces las consecuencias pueden ser muy trágicas, y sobre todo, perderás la seguridad, el gozo y la paz que sólo Dios puede dar.

martes, 31 de agosto de 2010

UNA UNION PERFECTA.....

Un día martes se dieron el «SI». Intercambiaron votos y promesas nupciales, intercambiaron anillos y se unieron para siempre en matrimonio: un matrimonio que ellos sabían duraría hasta que la muerte los separara. Sus corazones estaban unidos, sus voluntades fundidas en una sola, sus almas una misma.



Un día después del matrimonio, el miércoles, Victoria Ingram, de treinta y ocho años de edad, donó uno de sus riñones a su nuevo esposo Randall Curlee, un diabético de cuarenta y seis años. No sólo sabían compartir corazones sino también órganos internos.


El doctor Roberto Méndez, de San Diego, California, realizó el trasplante. Fue muy interesante el comentario del cirujano. «Victoria —dijo él— es la persona más desinteresada que conozco. ¡Es increíble!»

He aquí un matrimonio que da el ejemplo. Comparten absolutamente todo en la vida: su corazón, su voluntad, su alma, su destino, su casa, sus haberes, su Cuenta Bancaria y todos los gastos conjuntos del matrimonio. Encima de todo eso, ahora habían de compartir un riñón. ¡Unión perfecta!



Ese matrimonio se había formalizado para durar toda la vida. No se habían casado por uno o dos años nada más sino tal como Dios lo estableció desde el principio: para siempre. Y siempre quiere decir, sin excepción alguna, siempre.


Hay quienes alegan que una solución es el divorcio. Pero si acaso es una solución, es también una mutilación. Es más, cuando un brazo o una pierna se gangrenan y hay que recurrir a la amputación, siempre es, como quiera, una mutilación.

Ningún matrimonio debe llegar al naufragio. Y un divorcio es un naufragio en que todos pierden: se pierde el matrimonio, se pierden los hijos, se pierde el hogar, se pierde la familia, se pierde la sociedad. Nadie gana en un divorcio.

¿Se puede evitar un divorcio inminente? Claro que sí. Se evita cultivando aquellos valores que enriquecen el matrimonio: el amor, sobre todas las cosas, después la simpatía, el compañerismo, la honra y la ayuda mutuas, la comprensión, la comunicación, y el perdón siempre listo a pedirse y a darse.



Por encima de todo, si el matrimonio ha de ser feliz y duradero, es imprescindible que los cónyuges tengan los mismos valores espirituales. Cuando marido y esposa se entregan de corazón a Jesucristo y lo hacen el Señor de su vida, de su matrimonio y de su hogar, lo único que los podrá separar es la muerte.

Rindámosle nuestra vida a Cristo, y veremos que Él se encargará de que nuestro matrimonio sea una unión perfecta.

lunes, 30 de agosto de 2010

Reflexion..

Una señora muy pobre telefoneó a un programa cristiano de radio pidiendo ayuda, pues no tenía nada que comer.



Un brujo del mal que por casualidad escuchaba el programa consiguió su dirección, llamó a sus secretarios y ordenó que compraran alimentos y los llevaran hacia la mujer, con la siguiente instrucción:

Cuando ella pregunte quien mandó estos alimentos, respondan que fue el DIABLO!!

Cuando llegaron a la casa, la mujer los recibió con alegría y fue inmediatamente guardando los alimentos que le llevaron los secretarios del brujo. Al ver que ella no preguntaba nada, ellos le preguntaron: ¿Señora no quiere saber quién le envió estas cosas? La mujer, en la simplicidad de la fe, respondió:

- No, hijito... No es preciso.

Cuando Dios manda, hasta el diablo obedece!


 




viernes, 27 de agosto de 2010

MIL DOSCIENTAS DOSIS MINIMAS.....

Todos los vecinos oyeron los terribles gritos del chiquillo esa tarde del mes de  septiembre.

Eran gritos agudísimos, de miedo, de dolor y de espanto. Cuando acudieron en gran grupo, vieron un espectáculo horrorizante: Mike Markham, un chiquillo de siete años, y su pequeño perro, estaban en el suelo junto a un árbol, materialmente cubiertos de furiosas avispas amarillas.



El pequeño Mike y su perro, de Apopka, estado de Florida, habían salido a jugar al campo esa tarde de otoño. Sin querer habían espantado un enjambre de avispas, y éstas los habían atacado. En el cuerpo del niño se encontraron más de mil doscientas picaduras. Y él, y el can, murieron como resultado del veneno.

La picadura de una avispa de las amarillas es en realidad de poco temer. Produce un poco de escozor y quizá una leve hinchazón pasajera. Porque la dosis de veneno es tan mínima que el cuerpo la disuelve en seguida. Pero cuando son mil doscientas dosis mínimas, introducidas en un solo cuerpo, ya la dosis se hace masiva, se vuelve mortal

 

Eso fue lo que pasó con Mike, alegre chiquillo de siete años. Quizá una, dos, o aun diez picaduras las hubiera resistido. Su cuerpo sano y fuerte hubiera rechazado la ponzoña. Pero fueron mil doscientas picaduras, demasiada ponzoña acumulada, y el pequeño no resistió.



Así pasa también con el pecado. Un solo pecado blanco, como solemos llamarle (aunque blanco no hay ninguno) puede pasar. El alma es capaz de resistirlo y eliminarlo. Una pequeña mentira, una glotonería pasajera, hasta una borrachera en una fiesta especial, pueden ser eliminados del alma como quien elimina una toxina que no conviene.

 

Pero, ¿qué pasa cuando ese pequeño pecado blanco se repite mil doscientas veces? Una pequeña mentira se vuelve hábito de mentir. Una borrachera en una despedida de solteros, repetida constantemente, se vuelve esclavitud al alcohol.


Un adulterio que se comete una vez, a fuerza de repetirlo, se convierte en un estado de continuo adulterio que emponzoña toda la vida del hombre, de la mujer y del hogar de ambos. Un pequeño hurto que parece insignificante, repetido cientos o miles de veces, corrompe todo el carácter y toda la existencia de la persona.

Sólo Cristo puede salvarnos de la dosis mínima del pecado y de la infección masiva que produce. Porque sólo Cristo tiene el antídoto contra toda forma de mal.




COMO HA DE RECIBIRSE NUESTRA MUERTE??...

«Tendido en la cama, con los ojos abiertos sin ver, Vargas imaginó cómo sería recibida su muerte por sus enemigos. Había escrito aquella carta para despedirse del gobierno y no de la vida.... pero podía servir también, e incluso mejor, para un adiós definitivo. La carta... estaba sobre el mármol de la pequeña cómoda del dormitorio, al lado de la puerta del baño....



»Haría lo que tenía que hacerse. Desagravio y redención. Una sensación eufórica de orgullo y dignidad se apoderó de él. Sí, su hija ahora lo perdonaría.


»Sacó el revólver del cajón de la cómoda y se tendió sobre la cama. Apoyó el cañón del revólver en el lado izquierdo del pecho y pulsó el gatillo.


 


»El comandante Dornelles conversaba con Barbosa en el pasillo....

»Oyeron el disparo. Dornelles corrió al dormitorio, seguido por Barbosa. Abrieron la puerta y vieron al presidente en la cama, con los ojos cerrados y la gran mancha de sangre en el lado izquierdo del pecho....



»Dornelles salió corriendo del dormitorio y volvió con Saramanho, cuñado de Vargas.
»—¡Dios mío! —exclamó Saramanho—. ¿Está muerto?




»—No lo sé —dijo Dornelles—. ¡Tenemos que llamar a Urgencias!...
»Zaratini, el mayordomo, corrió a avisar a los hijos y a la mujer del presidente....... Getúlio Vargas [estaba] muerto, sentado en la cama, amparado por la mujer y por otras personas que intentaban quitarle la chaqueta del pijama rayado manchado de sangre....



... Los peritos terminaron su trabajo y colocaron instrumentos y papeles en unas maletas negras. El primero que salió fue Vilanova....



»—... No hay duda de que el presidente se mató... —dijo...... Sólo habían extraído el proyectil, alojado en el tórax, e inyectado formol en las venas del cadáver....






»... De madrugada, por las inmediaciones del Palacio del Catete, [ya había una] multitud de personas que formaban colas inmensas para ver al presidente muerto.... Mucha gente lloraba y gritaba....






»El ataúd con el cuerpo de Vargas había sido colocado en la sala del jefe de la Casa Militar.... Al otro lado del ataúd estaban los hijos y el hermano del presidente....




»Desde las cinco y media de la tarde del día anterior —cuando el cuerpo había bajado del dormitorio en la tercera planta a la capilla ardiente y las personas que llenaban el salón lo recibieron cantando el Himno Nacional— los lamentadores desfilaban sin cesar delante del ataúd; colocaban pequeños papeles con peticiones en la mano del muerto, arrancaban las flores para llevárselas como recuerdo, rezaban. Muchos desmayaban y eran llevados hacia afuera....



»A las ocho y media... cerraron el ataúd.»1



Así narra el escritor brasileño Rubem Fonseca, en su novela histórica titulada Agosto, los sucesos en torno a la muerte del carismático caudillo Getúlio Dornelles Vargas el 24 de agosto de 1954, quien fue cuatro veces Presidente de la República de Brasil en el siglo veinte. Quiera Dios que el día de nuestro sepelio haya así mismo un buen número de personas que nos lloren a nosotros y lamenten nuestra partida al más allá pero no de tristeza sino porque aseguramos nuestra eternidad recibiendo a Cristo en nuestro Corazon.

Pero más vale que nos aseguremos de que ese día, cualquiera que sea la cantidad de personas que nos honren con su presencia en nuestra despedida de este mundo, haya más bien un buen DIOS que se alegre, celebre nuestra llegada y nos dé la bienvenida a esa morada, digna de un hijo, que nos ha preparado en la gloria celestial

lunes, 23 de agosto de 2010

EL COLMO DEL CONSENTIDOR......

Ocurrió en Siberia un día sábado, 2 de abril. El capitán Yaroslav Kudrinsky, piloto de una línea aérea comercial rusa, volaba sobre esas tierras frías y desoladas que antes formaban parte de la Unión Soviética. Su hijo Vitia, de doce años de edad, era uno de los setenta y cinco pasajeros que estaban a bordo. El avión volaba a diez mil metros de altura.

Desde pequeño, Vitia había sido el consentido de la familia y, sobre todo, el favorito de su padre. Siempre que pudo, Yaroslav dotó a su hijo de todo lo que podría traerle placer. El niño se crió como todo niño mimado: creyendo que era superior a todos los demás y que podía hacer cuanto quisiera.




A medio vuelo su padre le permitió entrar en la cabina de mando y poner manos sobre los controles. El muchacho, ya casi adolescente y pensando que lo sabía todo, movió bruscamente uno de los controles y la aeronave entró en picada. Por más que hiciera, el capitán Kudrinsky no pudo recobrar el control, y el avión se estrelló contra el suelo, matando a todos los que iban a bordo.

 

Es bueno amar a los hijos y darles toda la atención, el cariño y el cuidado que merecen. Y es bueno enseñarles el oficio del padre, si es que les gusta, y darles toda la enseñanza moral y espiritual que se pueda. Pero darle a un muchacho consentido, de doce años de edad, el manejo de un jet que lleva setenta y cinco pasajeros a bordo no sólo es una infracción de las leyes de la aviación sino también una estupidez alarmante.




La primera impresión que el hijo recién nacido debe recibir es que es amado sobre todas las cosas. A medida que el hijo va creciendo, la segunda impresión que debe recibir es que a los padres se les obedece. El hijo a quien no se le enseña obediencia y respeto crece sin dirección. El libro de Proverbios dice: «La vara de la disciplina imparte sabiduría, pero el hijo malcriado avergüenza a su madre» (Proverbios 29:15).

 
Lo más importante es que cada uno de los que son padres y madres de familia los mantengan en el camino de Dios. Sólo así podremos inculcar en los hijos  principios morales eternos que serán la brújula que los dirigirá en el camino áspero de esta vida. Porque nuestro peregrinaje con Cristo, que traza el camino por el que andamos con Él, es el mapa que les dará la sana dirección que necesitan.

 

Determinemos que la educación de nuestros hijos ha de comenzar con la formación espiritual. Si los criamos así, saldrán al mundo con el entendimiento despejado y el corazón limpio, y no podrán menos que vencer.


sábado, 21 de agosto de 2010

LA FIERA SIEMPRE SERA LA FIERA....

Blanco con algunas rayas negras, elástico, sinuoso e inquieto, era la atracción principal del zoológico. Llevaba el nombre de la ciudad de la India donde había sido cazado, Lucknow. ¿Qué era? Un espléndido tigre blanco.



David Juárez, de cuarenta y cinco años de edad, el encargado de velar por el bienestar del tigre, entró ese día en la jaula para hacer la limpieza. En eso, la fiera, generalmente amistosa, saltó sobre él y lo mató.




 
El director del zoológico, refiriéndose a la fatalidad, dijo: «A la fiera la podemos sacar de la selva, pero no podemos sacar la selva de la fiera.»



David Juárez no es el primer cuidador de fieras que muere en las garras de alguna de ellas. Es algo que ocurre con cierta frecuencia en zoológicos, parques naturales y circos. La fiera sigue siendo fiera, aun detrás de barrotes de hierro.



Es cierto que no se puede quitar la fiereza que está dentro de los mamíferos carnívoros. Aun el gato doméstico, tan mimoso y dulce, de repente saca las uñas y causa dolorosas heridas. Al perro más fiel puede despertársele el lobo ancestral que tiene adentro, y clavar los colmillos en quien esté más cerca.



 

Cinco mil años de civilización no han podido sacar del corazón humano la bestia primitiva. Detrás del telón de la religión, la cultura, la educación, las buenas maneras, los trajes bien cortados y las joyas, se esconde el Caín, el Nerón, el Calígula, el Gengis Kan de las antiguas crónicas de la humanidad.



Los filósofos y los moralistas se hacen la pregunta: ¿Por qué será la humanidad así? La razón se asemeja al refrán del director del zoológico: «A la fiera la podemos sacar de la selva, pero no podemos sacar la selva de la fiera.»



Al corazón del hombre, desde que cayó en el jardín del Edén, lo ha dominado la ambición, la codicia, el narcisismo, la envidia y el odio. Recubierto de civilización, bulle todavía dentro de él la fiera que habitó las cavernas. El hombre es un empedernido pecador, y no hay remedio humano para él.



Sin embargo, Jesucristo, el Hijo de Dios, puede quitar de ese hombre el corazón de piedra que tiene adentro y poner en su lugar un corazón de carne. Cristo tiene poder para convertir al pecador en una nueva criatura, pues transforma, regenera, corrige y salva. Sólo tenemos que entregarnos a Dios de todo corazón. Cuando hacemos eso, Él nos convierte en una nueva criatura. Esa trasformación puede ser nuestra. Rindámonos hoy mismo a Cristo.



LA MUERTE DE LA MUERTE....

«LA MUERTE DE LA MUERTE»

Julio Azael Zepeda, de Barranquilla, Colombia, se probó el traje una vez más. Era un traje viejo, de más de cinco años, pero por eso mismo le tenía más aprecio. Todo lo encontró correcto: las medidas, el color, la tela, los adornos. Y como desde hacía cinco años, sonrío satisfecho.





Después de colgar el traje en el ropero, salió a la calle. En pocos días comenzaba el carnaval de 1984, pero en la calle, inesperada e intempestivamente, lo atropelló un carro tirado por mulas. Julio Azael encontró la muerte, y allí en el ropero quedó esperándolo su traje de «La muerte». Porque ese era el disfraz que usaba con todo éxito cada año en el carnaval. Se vestía de muerte para desafiar a la muerte.




 
«Fue la muerte de la muerte», anunciaron los diarios de Barranquilla.

Aquí tenemos otra de tantas ironías de la vida. Julio Azael Zepeda se disfrazaba todos los años con el disfraz de Muerte: paños negros, esqueleto pintado, calavera pálida. Era uno de los mejores disfraces del carnaval de Barranquilla. Pero de tanto bromear con la Muerte, la Muerte de Carnaval, lo sorprendió la otra muerte, esa que no es un disfraz ni un chiste ni un carnaval: la muerte auténtica y verdadera.



Lo que llamó la atención fueron los titulares de los diarios: «Murió la Muerte»; «La Muerte encontró a la muerte»; «La muerte de la Muerte». Todos los titulares giraban en torno a la misma paradoja, la misma ironía, el mismo chiste macabro.







Sin embargo, el concepto de «la muerte de la muerte» es perfectamente bíblico. Es una de las promesas más grandes que Dios le ha hecho a la humanidad. Lo expresa en verso el profeta Oseas en el capítulo 13 de su profecía: «¿Dónde están, oh muerte, tus plagas? / ¿Dónde está,
oh sepulcro, tu destrucción? ¡Vengan, que no les tendré misericordia!» (v. 14).
Y en el libro del Apocalipsis, la última gran profecía de la Biblia, se estampa: «Ya no habrá muerte» (21:4). La muerte, que ha sido la compañera inseparable del hombre desde el día en que Adán pecó y ha sido la más temible experiencia de todas, un día dejará de existir. Ya no atacará más, ni morderá más, ni volverá a destruir felicidades e ilusiones, ni a provocar dolores y lágrimas.

Sólo Jesucristo, el Señor resucitado y viviente, tiene el verdadero y absoluto poder sobre la muerte y el sepulcro. Sólo Cristo tiene vida eterna para darnos.

jueves, 19 de agosto de 2010

LA SUEGRA..


La Suegra

Hace mucho tiempo, una joven llamada Lili se casó y fue a vivir con el marido y la suegra.


Después de algunos días, no se entendía con ella. Sus personalidades eran muy diferentes y Lili fue irritándose con los hábitos de la suegra, que frecuentemente la criticaba.





Los meses pasaron, Lili y su suegra cada vez discutían más y peleaban.

De acuerdo con una antigua tradición china, la nuera tiene que cuidar a la suegra y obedecerla en todo. Lili, no soportando más vivir con la suegra, decidió tomar una decisión y visitar a un amigo de su padre. Después de oírla, el tomó un paquete de hierbas y le dijo: 'No deberás usarlas de una sola vez para liberarte de tu suegra, porque ello causaría sospechas. No discutas, ayúdala a resolver sus problemas. Recuerda, tienes que escucharme y seguir todas mis instrucciones. “Lili respondió: Si, Sr. Huang, haré todo lo que el señor me pida.



Lili quedó muy contenta, agradeció al Sr. Huang, y volvió muy apurada para comenzar el proyecto de asesinar a su suegra segun ella con las hierbas que le habian otorgado.


 
Pasaron las semanas y cada dos días, Lili servía una comida especialmente tratada para su suegra. Siempre recordaba lo que el Sr. Huang le había recomendado sobre evitar sospechas, y así controló su temperamento, obedecía a la suegra y la trataba como si fuese su propia madre. Después de seis meses, la casa entera estaba completamente cambiada. Lili había controlado su temperamento y casi nunca la aborrecía. En esos meses, no había tenido ni una discusión con su suegra, que ahora parecía mucho más amable y más fácil de lidiar con ella. Las actitudes de la suegra también cambiaron y ambas pasaron a tratarse como madre e hija.


Un día Lili fue nuevamente en procura del Sr. Huang, para pedirle ayuda y le dijo: Querido Sr. Huang, por favor ayúdeme a evitar que el veneno mate a mi suegra. Ella se ha transformado en una mujer agradable y la amo como si fuese mi madre. No quiero que ella muera por causa del veneno que le di.


El Sr. Huang sonrió y señalo con la cabeza: 'Lili no tienes por que preocuparte. Tu suegra no ha cambiado, la que cambió fuiste tú. Las hierbas que le di, eran vitaminas para mejorar su salud. El veneno estaba en su mente, en su actitud, pero fue echado fuera y sustituido por el amor que pasaste a darle a ella'.


A veces creemos que las exigencias de Dios son muy duras. Creemos que no tenemos porque obedecerlas. Sin embargo, una vez que probamos su amor, la obediencia fluye sola. Jesús nos cautiva con su amor y entonces cuando lo probamos no nos cuesta obedecerlo.






Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.


Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.


Juan 15:10

UN NUEVO ESPEJO PARA EL ALMA DE ANGEL..

UN NUEVO ESPEJO PARA EL ALMA DE ÁNGEL



Ángel Pérez, de Montevideo, Uruguay, tenía ocho años cuando, por primera vez en la vida, contempló su rostro normal al mirarse al espejo tras una operación quirúrgica.




El niño había nacido con una enorme mancha en el lado izquierdo de la cara. La mancha era tan grande que le abarcaba el cuello y una oreja. El aspecto del rostro de Ángel era tan feo que los compañeros de escuela lo rehuían.





A una acaudalada mujer argentina, que prefirió permanecer en el anonimato, le llamó la atención el patético caso de Ángel y se compadeció de él. Mediante el Club de Leones de Montevideo, la benefactora contrató los servicios del eminente cirujano plástico José Pedro Cibils Puig, que ya años antes había realizado una operación similar en una niña panameña. La operación del cirujano, que fue un rotundo éxito, le devolvió al niño un rostro normal, y contribuyó a que se normalizaran, al mismo tiempo, su alma, su carácter y su vida entera.









Bien se dice que el rostro es el espejo del alma. El rostro traduce todos los sentimientos que agitan el alma. El amor, el odio, la alegría, el pesar, la tranquilidad, el miedo: todo se refleja en las líneas del rostro. Y aun las distintas conformaciones de carácter, así como las enfermedades físicas y mentales, pueden leerse en el rostro como en un libro abierto.






La Biblia dice que cuando Dios no recibió la ofrenda de Caín con el mismo gusto con que recibió la ofrenda de su hermano Abel, en el rostro de Caín «se le veía lo enojado que estaba». Mucho antes de que aquel hijo mayor de Adán y Eva se convirtiera en el primer fratricida, cometiendo el terrible delito de matar a su hermano, ya las intenciones de Caín se dibujaban en su rostro. No le era posible ocultarlas. Y es así con todos nosotros. Porque en el rostro llevamos dos sellos.



El primero, desteñido y desdibujado, es el sello de la hermosura y la gloria que tuvimos en la inocencia. En cambio, el segundo, cada vez más ordinario y pronunciado, es el sello de nuestras pasiones febriles, de nuestros disgustos, de nuestros malestares, de nuestros tormentos y de todas nuestras aflicciones.














Gracias a Dios, su Hijo Jesucristo, el Médico divino, el Gran Cirujano Plástico, es capaz de darnos un nuevo corazón y, con él, un nuevo rostro. Permitámosle a Cristo que cambie nuestro semblante por completo. Pidámosle que nos dé, así como el cirujano le dio a Ángel Pérez, un nuevo espejo para el alma, de modo que la paz que se dibuja en nuestro rostro refleje la transformació n que se ha efectuado en nuestro corazón.